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TITULO LLALMA

Una noche Valoria soñó que tenía una llave, fina y con punta curva, con la que podía abrir todas las puertas de su alma.

    Cuando no estaba satisfecha consigo misma o algo le salía mal, una de sus habitaciones se inundaba de pena. En cuanto lo notaba iba corriendo, abría la puerta y la dejaba salir antes de que le estropeara el suelo. Otras veces, si Valoria se sentía irritada, una sala se le incendiaba de palabras contenidas. Entonces  volvía a usar su llave y, de un soplido, apagaba todo eso que le quemaba por dentro.

   Pero la sala que más requería su atención era una más grande que las otras, situada en el vestíbulo de su alma y que, a modo de puerta, tenía un espejo: la habitación de la autoestima. Ese lugar se llenaba de inseguridades constantemente, y era muy difícil de limpiar, pues cada vez que Valoria se acercaba veía las inseguridades reflejadas y se le llenaban los otros cuartos. Al final se  armaba de valor, abría el espejo y, utilizando la llave como una espada, machacaba a las inseguridades.

   De este modo, Valoria iba siempre con la mente tranquila y la sonrisa alta. Pero, en una ocasión, había tantas inseguridades que Valoria tuvo que escapar corriendo. En cuanto cerró la puerta a sus espaldas se dio cuenta, aterrorizada, del error que había cometido: se había dejado la llave Llalma dentro. Sin ella, las otras habitaciones se llenaron tanto que no la dejaban respirar,   Valoria empezó a caminar arrastrando los pies y hasta dejó de quererse a sí misma.

    Cada día pasaba por la puerta-espejo. En su reflejo veía una niña flacucha, sucia y maloliente, y tenía que agachar la mirada. Hasta que, un día cualquiera, Valoria percibió de refilón un brillo que provenía de sus ojos y se quedó mirándolo. Sentía que allí detrás había algo. Miró más profundo y, de pronto, su reflejo cambió: vio a una joven bonita, con una sonrisa preciosa, una mirada llena de confianza y la llave colgada del cuello. En ese instante comprendió que esa chica, tras el espejo, era la auténtica Valoria.

   Las inseguridades reían ocultas en la habitación. Valoria sonrió, se remangó la camisa, apretó los puños y abrió la puerta-espejo de una patada.

Óscar Soria

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