2Aquella noche, Valoria soñó que vivía en un lugar donde las personas nacían con una flor en la coronilla. Tenía un tallo fino, olía a luz de amanecer y sus raíces eran tan largas que llegaban hasta el corazón. Era la flor Esperanza.

   La Esperanza perfumaba el cuerpo y ayudaba a mantener el equilibrio. De modo que cuando a una persona le cerraban a la cara una puerta fría, se perdía en mitad del desierto o le ponían una zancadilla, la Esperanza se agitaba y desprendía un cálido aroma que, al aspirarlo, le hacía sentir coraje en su interior. En ese instante, los pétalos de la Esperanza brillaban con tanta fuerza que esa persona podía abrir cualquier cerradura, descubrir caminos inesperados y hasta utilizaba a su flor para sacudirse los pesares de los hombros.

   Había gente con una flor tan bonita que tenían el ánimo para afrontar incluso los retos más temibles. Pero a veces la vida,  impredecible, soplaba un aire tan violento que arrancaba las Esperanzas de raíz, y las personas se quedaban vacías por dentro.

  Sin embargo, antes de salir volando, las Esperanzas dejaban una semilla dentro del corazón de su compañero que, con un poquito de paciencia, se convertirá en una nueva flor. E incluso aunque los huracanes de la vida sigan apareciendo, jamás podrán dañarla. De hecho, si colocas una mano sobre tu pecho e inspiras con delicadeza, podrás sentir el aroma que desprende la semilla de la Esperanza desde tu corazón, sus pétalos brillarán a través de tus ojos y te darás cuenta, de que con ella, todo es posible.

Óscar Soria

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